EL TOUR QUE NO FUE

En la costa oeste de los Estados Unidos, en California más precisamente, existe una entidad intangible pero muy presente. Es “The Big One”, o El Grande. Un terremoto desolador, que ha mantenido en vilo a generaciones de californianos, con la amenaza de un apocalipsis comprobado matemáticamente, pero que -afortunadamente- aún no llega. Así, se vivieron todas y cada una de las nueve etapas de montaña de esta 103ª edición de la Grand Boucle.

La ebullición pasmada de un duelo, que día tras día, y hasta el final, no llegó a darse entre Chris Froome, ya a estas alturas tricampeón del Tour de France, y Nairo Quintana, de quien muchos dijimos, en público o en privado, “este año sí es”. Y es que Froome llega a los Campos Elíseos digno vencedor de la competencia de ciclismo más importante del calendario, pero triunfador también en una carrera con poca acción individual. Una victoria técnica, calculadora y fría, que deja insatisfechos a muchos aficionados.

El duelo entre los dos máximos favoritos no se dio en la subida © Handout Movistar Team
El duelo entre los dos máximos favoritos no se dio en la subida al Peyresourde © Handout Movistar Team

Tres circunstancias tienen a Froome celebrando por tercera ocasión, terminar en lo más alto del podio de Paris. La primera se dio en la etapa ocho, con el capo squadra del Sky atacando por fuera de su pico de rendimiento, en un descenso que se convierte en una de las estampas memorables de este año. Perfectamente planificado, milimétrico y efectivo. El primer fundamento de una buena batalla, el factor sorpresa, llevado a cabo magistralmente y, encima, favorecido por un descuido mínimo de Quintana que le costó sus primeros 13 segundos frente al británico. La moral de los demás aspirantes al título recibía un golpe certero.

Especialistas como son en tácticas defensivas, los galácticos del Team Sky se enfrascaron desde la novena fracción, en imponer un ritmo demoledor que dejaba poco espacio para que otras escuadras pudieran poner en práctica acciones ofensivas. Día tras día, los celestes fueron demoliendo a la totalidad de sus rivales. Apenas el Astana tuvo arrestos en la tercera semana para siquiera aparecer por delante de la aplanadora británica. La víctima principal de ese esfuerzo sería su propio jefe, Fabio Aru.

El favor de los dioses se hizo viento. Un Mistral desbocado y salvaje, que barría el sureste francés con fuerza de huracán, terminó de hacer por Froome, lo que sus gregarios habrían conseguido de todas maneras. Los contrincantes con novenas menos rutilantes, o menos comprometidas, tuvieron que enfrentarse a vientos imposibles que drenaron las fuerzas que debían quedar en reserva para los Alpes. La etapa legendaria del Mont Ventoux, castrada de su sector más poderosamente evocador, nos dejaba la escena alucinada de un espigado -casi famélico- Maillot Jaune, corriendo con la mirada perdida entre una manigua de aficionados delirantes, que tampoco daban crédito a lo que pasaba frente a sus ojos. Humillado, pero no vencido, el ahora campeón pagó con sangre el beneplácito del viejo Mistral.

© Cyclingnews.com
Froome y Porte amortiguaron la caída de Mollema, que conservó el uso de su bicicleta y pudo reanudar la marcha © Cyclingnews.com

Esas tres cosas tienen hoy a Froome campeón y a los colombianos todavía confundidos por lo que pudo ser y no fue. La sorpresa, el viento y el equipo. El resto estaba escrito y así se dio. Froome dominaría contra el cronómetro y se defendería a muerte sobre los Alpes. Sólo que lo último apenas tuvo que ponerlo en práctica. Quintana, debilitado por un espíritu maligno, sin forma ni bautizo, nunca pudo lanzar el anhelado ataque. Richie Porte, con la mala suerte que parece perseguirlo en la Ronda Gala, se apagó cuando su luz era más brillante. Aru, herido por el fuego amigo, le entregó la honrilla a Nibali que la perdió donde es más capaz, bajando el acrobático Joux Plane.

Se acabó el Tour en Morzine, sin haber hervido. Con los sospechosos de siempre, en los lugares de siempre, dejando, algunos, las dudas de siempre. El Movistar de Unzué cumpliendo su principal tarea, terminar el Tour y quizá el año, como el mejor equipo de la máxima categoría del ciclismo, demostró con números fríos que no estaba tan diezmado como se veía en las pantallas. Quintana, siempre solo. Siempre, Valverde acechante. Pero solo el jefe, sin el favor agónico de los suyos. La asignatura de conseguir la entrega muda y ciega de sus lugartenientes, sigue pendiente para el “Cóndor” de Cómbita.

Pantano consiguió la victoria número 15 en la historia de los colombianos en el Tour @ Handout IAM Cycling
Pantano consiguió la victoria número 15 en la historia de los colombianos en el Tour @ Handout IAM Cycling

Sobrevive la esperanza a hombros de la tranquilidad que da ver de nuevo a Quintana en el podio de Paris, por tercera vez en tres ‘tures’ que lleva a cuestas. Esta vez a sinistra del nuevamente campeón. Se coló Romain Bardet en el segundo puesto, luego de una apuesta sencilla que le pagó doble. Celebra la Francia herida de estos últimos años del terrorismo islámico. Y celebra Colombia el surgimiento para la gran afición, de otro héroe para el Olimpo de los Escarabajos. Jarlinson Pantano, “País”, que lleva a todo un pueblo en su remoquete, talló en piedra su nombre de corredor combativo en todos los terrenos. No cedió nunca en el empeño de ser primero. No pudo con él la pendiente de los puertos, el calor sofocante, la lluvia o el vértigo de las bajadas de espanto que negoció con voluntad de acero.

Termina otro Tour de France. Otra edición más sin que se  cumpla la profecía de tener a un colombiano en el lugar más alto del cajón, vestido de oro. Como “El Grande” de California, ese día llegará. Sólo que, al contrario de ese cataclismo telúrico, nosotros podemos confiar en que será esta generación de ciclistas la que lo consiga. Si no es Nairo, será Chaves, o Bernal, o López, o un hasta ahora anónimo muchacho de alguna vereda olvidada, con la bendición genética y la fortuna de haber nacido en la tierra de Los Escarabajos.

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